jueves, 4 de diciembre de 2014

La Navidad de Pablito (Mario Roncal Toral)

Pablito: Siete años, mendigo con cinco años de experiencia, experto en caminatas con o sin zapatos, hábil en el arte de sortear el tráfico endemoniado de la ciudad y creativo hasta el asombro.

Veinticuatro de diciembre. Pablito ha bajado como siempre a las siete de la mañana, desde el cementerio a la Pérez Velasco, su primera estación de trabajo. Hoy quería quedarse un rato más tendido en la payasa que compartía con sus dos hermanos: Juan de 14 años y Celia de seis. Pero su madrastra lo sacó a empujones.

Cuando hacía cola para alcanzar el grifo y lavarse la cara, sintió como si la oreja se le desgarrara y le fuera arrancada de cuajo. La madrastra pensaba que la cara sucia daba más lástima y que los beneficios serían mayores. Tuvo que salir con el olor de la modorra a cuestas.

En el trayecto recordó cuando las faenas las cumplía acompañado de su madrastra, Asunta. Estaba obligado a correr literalmente la ruta, tenía que igualar el paso de una mujer adulta, robusta y de pésimo carácter. El retorno era siempre la peor parte. Nunca fue lo mismo subir que bajar; como tampoco era lo mismo caminar fresco y descansado en la mañana, que trepar molido después de una jornada de catorce horas.

Después de todo, fue un alivio el trabajo “independiente”. Claro que Asunta se encargó de calcular minuciosamente las recaudaciones, y asignar el cupo correspondiente a cada uno de los hijos; en realidad sólo Celia era su hija, por lo que disfrutaba de algunos pequeños privilegios. Establecido el monto, era fácil establecer las sanciones por incumplimiento.
Estaba cansado. En los días navideños el horario de su mendicidad se extendía por varias horas más de lo habitual. Por supuesto que Asunta realizaba previamente el cálculo de las recaudaciones por las horas extra.

Mientras se abría paso entre la muchedumbre, descortesía incluida, pensaba en los gorditos disfrazados de rojo que encontraba a cada paso. Sabía que eran ciudadanos comunes contratados para llamar la atención de los posibles clientes;  pero la existencia real de un verdadero Papá Noel, significaba para Pablito un verdadero laberinto.
No podía comprender la existencia de un personaje teóricamente bueno y prácticamente cruel. Estaba convencido de que Papá Noel era un invento de los ricos, para los ricos.

El día no fue bueno; mucha lluvia y pocos generosos. Pablito tenía hambre, pero no era posible gastar las monedas del cupo.
Cuando en las recaudaciones se producía algún superávit, el muchacho utilizaba el bolsillo izquierdo para guardar las monedas sobrantes; las del derecho eran para entregarlas a la madrastra. Nunca hubo mucho de sobra, menos capacidad de ahorro; el dinero alcanzaba apenas para saciar el hambre dos o tres veces a la semana.

Cuando anocheció, el niño estaba agotado. No era posible regresar a casa, eso significaría la consabida paliza, además el ayuno obligatorio. El sistema establecido era simple: Asunta contaba dos veces el dinero, si estaba de acuerdo a sus expectativas, autorizaba al muchacho hurgar en las ollas y comer. Si faltaban monedas, lo castigaba con una vara y le ordenaba dormir sin alimento. Era preferible vagar por un tiempo más y tentar suerte entre la vorágine enloquecida en el lleva y trae de regalos, paquetes, alcohol e insensibilidad.

Se detuvo frente a una inmensa vidriera y contempló asombrado a un señor gordo y grande que parecía comprarlo todo. Pensó que al sujeto le haría falta un camión para transportar su “cariño” hasta su casa. Eran tantos los paquetes adornados y tantos los billetes que el señor gordo entregaba a la cajera, que a Pablito le dieron náuseas repentinas. Eran de esos billetes con números largos que el niño sólo había visto en las manos de los cambistas.
Hasta que el señor salió, seguido de varios ayudantes que cargaban todo lo que podían sus espaldas. Idas y venidas, ajetreo, resoplaban y jadeaban entre el tumulto. Se hacía tarde y al señor le preocupaba el tráfico. ¡Una camioneta repleta de regalos!, ¿Tendrá tantos hijos?. La camioneta partió.

Pablito quedó absorto y tropezó con una voluminosa caja: el señor gordo había olvidado un regalo. ¿Será ese Tonka que tantos sueños le trajo?. Era un regalo, pero no se lo habían regalado; dicen que Papá Noel no se olvida los regalos, que los deja a propósito y a domicilio. Dicen que Papá Noel...
¡bah!.
El niño tomó la caja y corrió al encuentro de la camioneta, no la habían dejado para él, y así no servía. El tráfico favorecía, una cuadra y media de carrera y listo. El señor gordo esperaba impaciente el cambio de color del semáforo cuando el niño golpeó su ventana. No le prestó atención pensando que el muchacho sólo quería una limosna. Pablito se adelantó y se paró frente a la camioneta mostrando la caja que ya le pesaba demasiado.
Entonces el señor recibió el paquete, agradeció con un gruñido y partió.

Pablito emprendió cabizbajo el camino a casa. Estaba resignado. No habría regalo, no había completado el cupo, no habría cena y las palizas no llenan el estómago. Pensó en cómo sortear los varillazos, al menos algunos; pensó en su padre, borracho como una cuba, festejándose solo; en su hermano cenando o golpeado y durmiendo.
De pronto alguien se detuvo frente a él, era un señor gordo, pero otro.
Éste tenía disfraz rojo y blanco, linda barba y mirada dulce. El señor buscó en su bolsillo y luego le extendió la mano sonriente, le entregó un chupete de esos que tienen chicle adentro, acarició la cabeza del niño y desapareció en la oscuridad.

Cuando Pablito salió de su asombro, reemprendió la caminata lentamente, despreocupado. Puso el chupete en el bolsillo izquierdo y decidió que lo disfrutaría cuando los demás duerman o, mejor, al bajar en la mañana.
Abrió la puerta tembloroso y entró despacio, cabeza gacha. Cuando levantó la mirada quedó perplejo; la mesa estaba puesta, Asunta servía, papá estaba sobrio, todos compartían. Y no hubo paliza, y había chocolate y pan de Navidad, ¡hasta mantel había!; en la esquina esperaban cinco pequeños paquetes. Pablito salió al patio, dio un brinco espectacular y su agudo chillido se escuchó hasta el mismísimo polo norte:

- ¡Existeeeeee....!